Que yo recuerde jamás tuve una “entrada” en dependencia policial alguna. Exhibiendo, al cabo de todos estos años, una conducta intachable –aspecto que en este país no reporta beneficio o premio alguno- mi aporte al prontuario brilla por su ausencia. Mis únicos ingresos a la repartición solo tuvieron por objeto solicitar algún certificado de domicilio o simplemente renovar la cédula de identidad en el área correspondiente. Por lo demás, los encuentros “cercanos del tercer tipo” con los agentes del orden solo se limitaron a controles de tránsito habituales, ni siquiera me labraron una multa que pueda quitarme el invicto.
Soy tipo respetuoso de la autoridad, bien entendida por cierto, y hasta podrían tildarme de estructurado y más legalista que todo el conjunto de la jurisprudencia argentina por más sospechosas que sean algunas actuaciones de la justicia. Sí, estudié Derecho y en su momento estaba más orgulloso que perro con dos colas porque creía que iba a vivir de la profesión como un virtuoso, pero después el tiempo quiso que me dedicara a otra cosa y que también se cayera la imagen que tenía de ciertas otras.
Dicho esto, para poner al lector en posición, advierto que en los últimos meses ha querido el destino atentar contra mi condición, cosa que aún no ha ocurrdido pero que mantiene álgida mi atención por la suerte que pueda correr luego de dos o tres memorables acontecimientos.
En agosto realizamos un viaje de placer a Puerto Iguazú. No faltó quien nos realizara un “encargo” para cometer una ocasional compra de algún producto que, para uso doméstico o personal, pudiéramos “importar” desde Ciudad del Este, en Paraguay, por el beneficio de un menor precio, o que pudiéramos comprar el duty free shop de la zona franca próxima al control de aduana y migraciones local. Cabe aclarar que no soy muy afecto a este tipo de encargos por lo molesto y fastidioso que me pongo al momento de cerrar las valijas, máxime si ello significa mayor peso y volumen, claro.
Aún así, efectuadas las averiguaciones del caso, tomamos nota de las limitaciones fiscales y según lo recomendado actuamos acotadamente en consecuencia y de buena fe. Atrás quedó la aventura que para mí, no precisamente para Leah, significó transitar por las calles esa suerte de “zoco marroquí” donde miles de vendedores ambulantes asaltan a los desprevenidos con racimos de medias deportivas, fundas para teléfonos celulares y cambio en billetes de dudoso origen. Lo importante fue conseguir “el dispositivo” electrónico que buscábamos para Gus, con factura fiscal y dentro de los límites impositivos vigentes para ingresarlo al país. Si a esta altura el lector conoce Ciudad del Este, sabrá muy bien a que me refiero. Liberados de las obligaciones comerciales, por así decirlo, disfrutamos la visita a las Cataratas con buen tiempo, hicimos vida saludable y abundante actividad física para quemar el producto de memorables ingestas.
Al regreso hicimos las valijas, cosa más fastidiosa no puede haber, llevando las compras en una que Leah había adquirido en nuestra gira limítrofe a un precio casi irrisorio. En ella acondicionamos algunos productos adquiridos en el “free shop” de Puerto Iguazú y el magnífico dispositivo electrónico del vástago. Así, con un bulto de más, llegamos al aeropuerto para emprender el regreso. Luego del “check in”, ya verificado on line, éramos de los primeros al pasar por la manga y el arco de control antes de tomar el vuelo. Sin embargo, imprevistamente, me vi llevado del brazo por un agente de la policía aeronáutica quien aducía no sé qué cosa acerca de las valijas. Desandando el paso escaleras abajo salimos fuera del edificio y, ya en el borde de la pista, fui interrogado por dos o tres individuos que rodeaban la “insuperable oferta” que Leah había adquirido. Allí estaba la nueva valija, encima del carrito de transporte que la llevaría a la bodega del avión, sólidamente acondicionada por el film protector, mudo testigo del contenido que llevaba dentro. Aún ignoro el porqué de semejante operativo, pero más allá del bochorno que estas situaciones me causan el caso es que los “tipos de azul” querían saber qué cuernos llevaba adentro. Explicada que fue la duda que les motivó a “demorarme” unos minutos, documentación respaldatoria en mano, simplemente se limitaron a pedir las disculpas del caso y nuevamente fui acompañado, escaleras arriba, ya no tomado del brazo y departiendo amigablemente con mi custodio ocasional.
Odio este tipo de confusiones, el mal trago que suele venir con ellas no es algo que me fastidie pero la “gratuidad” de la circunstancia me resulta absolutamente inexcusable, mucho más siendo tan ingenuamente legalista. De más está decir que juré no volver a pasar por la misma situación, aunque no sabía lo que el futuro me reservaba; a los dos meses, por esas cosas que trae el destino, volvimos al Puerto Iguazú.
Suele decirse que nunca segundas partes fueron buenas. El primer día llovió, y como no podía ser de otra manera nos prometimos una fructífera jornada en el “duty”, esta vez para comprar algunas cositas menores que justificaran el estipendio, almorzar algo liviano y esperar a que aclarara, porque la tormenta prometía y era de las buenas. Cumplido el objetivo tomamos el auto que habíamos rentado y, saliendo de la zona franca, nos aprestamos a franquear el control, tickets de compra en mano, por las dudas.
El primer error de Tucker fue pasar, apenas un metro, la ventanilla del peaje. Veamos, no es que sea infractor ni que intentara cruzar la aduana para darme a la fuga, pero ¿a quién se le ocurrió poner una ventanilla de control del lado del acompañante y no del conductor? Superado el inconveniente, el inspector de aduana apostado en la dársena se acercó para solicitar que abriera el baúl del auto y revisar su contenido. Allí estaban las tres bolsas del “free shop”, rebosantes de chocolates suizos, peluches de regalo, perfumes importados y otras nobles exquisiteces. El diálogo que sigue, salvo error u omisión, es literalmente ilustrativo.
-¿Tiene los tickets de compra?...
-Efectivamente, sírvase.
-Mmm… Espere un momento, por favor.
Y ahí va el tipo, hacia las oficinas, mientras los vehículos se apilaban detrás del nuestro y la lluvia cada vez más intensa anegaba el predio. Después de un rato, el tipo vuelve, el ceño fruncido.
-Caballero, voy a tener que recalcular el monto de la compra y cobrarle el impuesto…
- ¿Cómo???... no, no… si es así dejo todo...
- … porque Ud. agotó la “franquicia” en agosto, ¿sabía?...
No, no lo sabía, y eso quedó claro porque hasta me acordé de la madre del que nos dijo que se podía ir regularmente sin problemas, lo que sonaba dudoso. Aún así, después de dos meses, si lo hubiera sabido no habría pasado alegremente más de tres horas de compras y mucho menos cuando las cajas registradoras del “duty Free Shop” envían la información en tiempo real a la Aduana. Entonces ¿porqué no rechazó el sistema las operaciones? Muy significativo, tanto como la actitud del inspector, aparentemente austero e incorruptible, muy a pesar de las dudas que aún tengo sobre esa suerte de procedimiento del cual salimos gracias a su "comprensión". Supongo que me habrá tomado por idiota. “Por esta vez, me dijo, lo dejo pasar”. Gracias.
Dos episodios en dos meses es demasiada coincidencia. Ultimamente veo un uniforme y me espanto. Si bien no estaba “pasando” nada raro dentro de la valija o en esas bolsas, cosa que fue fácilmente comprobable, me pregunto si el sistema no me habrá confundido con otro, y a los hechos me remito.
Hace ocho días, en el trayecto que va desde Puerto Iguazú a Wanda, al pasar por un puesto caminero de la Gendarmería Nacional, aún habiendo aminorado la marcha por debajo del límite, uno de los gendarmes seguía agitando las manos como para que me detuviera. Al hacerlo, pareció no darle importancia y me indicó que continuara. Esa noche, mientras cenábamos en un restaurante a la orilla del río, frente a Brasil, dos patrulleros de la policía local se detuvieron junto al auto, estacionado frente al local, y los policías permanecieron ahí, mirando el vehículo por más de cinco minutos. Leah aprovechó la oportunidad para advertir: “te están buscando”.
Esta semana, durante un corte de calles en Buenos Aires, dos policías del cuerpo motorizado confundieron mi intención de giro y mientras lo hacía se pusieron extremadamente nerviosos, aunque las cosas no fueron a mayores.
Y como broche de oro el episodio de ayer, miércoles, en la intersección de Perón y 25 de Mayo. Ahí dos agentes de la federal, enfundados en sendos pilotines, bajo la persistente lluvia, intentaban detener, en vano, el tráfico que “subía” por Perón desde Alem. A cualquiera que transite habitualmente por el lugar le resultará inédita la situación porque la inclinación de la pendiente es tal que muchos vehículos suelen “descolgarse” cuando intentan arrancar si se detienen. Sin embargo ahí estaban ellos, desgañitándose a silbato limpio y manteniéndonos a raya. Dado que la situación era tan patética como insólita todos los involucrados respondíamos con la bocina, indignados, cosa que no le gustó mucho a uno de los agentes quien, particularmente ensañado con quien escribe, se acercó por mi lado y después de hacer la venia (estuve tentado de darle un apretón de manos) me advirtió:
-Caballero, ¿no se da cuenta que por más que toque bocina el tránsito no va avanzar porque está congestionado?...
-Y Ud. ¿no se da cuenta que los automóviles se están cayendo por la pendiente?... ¿No le parece que aquí es un despropósito cortar el tránsito?
Y dicho esto continué la marcha, no sin antes advertir la perplejidad del agente. Pero creánme, una de dos, es una cuestión de actitud como afirma Leah o yo, el legalista, estoy reñido con la autoridad.