El clima de vacaciones y un reciente artículo de Beatriz Sarlo me llevan a continuar con el recuerdo de costumbres epistolares ya perimidas. Dice la intelectual y escritora argentina que, de todos sus conocidos, sólo uno conserva el hábito de enviarle una tarjeta postal cuando viaja.
En efecto, aquella cartulina con la foto brillante al frente, que tuvo vigencia como medio de comunicación quizás hasta los años 70, fue cayendo en desuso y hoy ha quedado confinada a ser nada más que un souvenir que compramos cuando visitamos algún lugar y que quedará guardado dentro de un sobre hasta que alguno de nuestros descendientes lo encuentre y afirme: “pero mirá en que se gastaba la plata! Si esto podía bajarlo de Internet...!” y lo tire al canasto.
No tengo buen recuerdo de aquellas postales. Cuando mis tíos me llevaban de vacaciones a la playa o a las sierras, el equipaje incluía la lista con las direcciones de todos los parientes a los que, por estricta recomendación de mi madre, tenía la obligación moral de enviarles una.
Creo que no había imposición que odiara tanto como ocuparme de esas tarjetas. No por el tiempo que se perdía, sino porque nunca se me ocurría algo original para escribir. Cualquier otro texto que no fuera el consabido “Desde estas hermosas playas/sierras...” (que, por otra parte, era precisamente lo que los destinatarios esperaban recibir), podría tomarse como una insolencia o una falta de respeto. ¿A quién le interesaba si uno se había quedado sin dinero, o si había conocido a la chica de sus sueños, o si se había insolado por quedarse dormido sobre la arena? Parte del tormento lo constituía el poco espacio que tenían las postales al dorso para escribir los datos del destinatario. El lugar para el domicilio ya venía formateado y siempre resultaba escaso si el pariente vivía en la provincia. Así que había que hacer malabarismos para que entrara y, además, fuera legible para el cartero. El espacio para el texto también era reducido, pero esa era una ventaja, ya que escribiendo en letra grande, sólo quedaba lugar para “... les envío un cariñoso saludo”, la firma y nada más.
Aquellas postales, para las que no era aplicable la violación de correspondencia ni a la invasión a la privacidad, no tenían lugar para poner el domicilio del remitente. Para qué. Era fácilmente comprobable que lo que mandábamos no era vital para nadie, así que de tener inconvenientes para la entrega, en el correo las mandarían directamente a la papelera. Pero, entonces, cómo probaríamos que las habíamos mandado?.
La liturgia de las postales no me resultaba sencilla. Apenas llegaba al lugar de vacaciones, cumplía las primera ceremonias: pasar por una casa de “Recuerdos de...” y comprar la cantidad de tarjetas que tenía que enviar, más un bolígrafo. Luego guardarlos en algún cajón o armario de la habitación, a la espera de que apareciera un día con lluvia o nublado. Pero el buen tiempo, por desgracia y por suerte, se prolongaba y los días pasaban sin que hubiera un momento para ocuparse. Lo cual, de alguna forma, silenciaba mi conciencia. Hasta que al llamar a casa (luego de la larga espera en la única oficina de teléfonos cercana) para avisar a qué hora llegaría mañana a Buenos Aires, surgía la temida pregunta: “Le mandaste una tarjeta a la abuela? Y a la tía Inés? Y a...?” Por supuesto, no podía decir que no. Así que de allí a la habitación, a tratar de encontrar las postales, escribirles lo consabido, llegar hasta el correo -antes de que cerrara- y rogar fervientemente que cayera en manos de un cartero complaciente y de buena vista.
Pero no hay tortura que dure una eternidad. Por suerte, después aparecieron internet, el correo electrónico y los celulares, y ya nada fue lo mismo...




Últimos comentarios